LA VERDADERA HISTORIA DEL PASEO “039”

Es posible que, en la investigación realizada por el escritor y compositor Julio César Oñate Martínez para su libro Cuando Matilde camina (2007), en relación con el paseo “039”, solo haya tenido acceso a la versión que Alejandro Durán le relató durante una entrevista. Sin embargo, con el tiempo se ha demostrado que dicha versión no corresponde a los hechos reales, sino a una historia distinta.

Esta versión ha sido replicada por investigadores como David Sánchez Juliao, José Manuel Vergara, Jairo Soto Hernández, Juan Rincón Vanegas (…), quienes se limitaron a la historia narrada por el intérprete, sin realizar un trabajo de investigación que permitiera profundizar en los detalles del hecho.

La historia que Alejo Durán difundió en diversas entrevistas describe que, en 1956, conoció a Irene Rojas durante las fiestas de Montelíbano (Córdoba), donde él amenizaba una celebración. Irene era una mujer simpática, de estatura baja y ojos negros expresivos. Al igual que Alejo, se sentía atraída por las corridas de toros, y había llegado desde el cercano pueblo de Buenavista, donde residía. Entre miradas y coqueterías mutuas, el enamoradizo juglar le dedicó algunos versos.

Al finalizar la fiesta, ambos acordaron viajar juntos. Se embarcaron en la lancha Viboral y navegaron hasta el puente sobre el río San Jorge. Allí, Irene abordó una chiva que la llevaría de regreso a su tierra, mientras Alejo continuó su camino hacia San Marcos. La despedida fue conmovedora: ella se marchó entre lágrimas, y él permaneció mirando cómo se alejaba el vehículo, grabando en su memoria la placa que lo identificaba: 039.

Cuando yo venía viajando

viajaba con mi morena

al llegar a la carretera

allí me dejó llorando.

Ay, es que me duele, y es que me duele

y es que me duele, válgame Dios

039, 039, 039 se la llevó

039 se la llevó.

Irene se fue llorando

a mí esa cosa me duele

se la llevó el maldito carro

ese 039…

Tan pronto regresó de su correría a Magangué, Alejo Durán fue en busca de Irene a Buenavista. Ella decidió dejar a su familia para irse con él, y juntos establecieron su hogar en una casa arrendada. Sin embargo, con el paso del tiempo, la relación se fue deteriorando y finalmente terminaron separándose.

El hecho de que realmente existiera una relación amorosa entre Irene Rojas y Alejo Durán no prueba que la canción haya sido inspirada en su encuentro. Se ha comprobado que ya existía una pieza musical con el mismo título y melodía, que relataba una tragedia ocurrida en Zárate, corregimiento del municipio de Plato (Magdalena), y cuya autoría corresponde al compositor y acordeonero Juan Alberto Luna Almendrales, amigo cercano del juglar pasero.

TRABAJO DE CAMPO EN ZÁRATE

El espíritu del indio Zárate sale llorando

en su llanto, en la mente

de esa querida tierra que lo vio nacer

también dice en su grito:

que no gusta de Plato

porque siendo el municipio

ni una carretera le ha mandado hacer (bis)…

El paseo titulado “El indio de Zárate”, de autoría de Román Torres Lemus y grabado por Lisandro Meza en 1969 en el álbum Upa je, describe la situación del corregimiento de Zárate, ubicado a orillas de la ciénaga del mismo nombre, la cual está circundada también por la ciénaga Malibú.

En esta zona, que se extiende hasta el municipio de Plato, se asentaron antiguamente las tribus Alcaholados y Pintados, especialmente en los alrededores del complejo cenagoso de Zárate y Malibú. Este territorio era dominado por varios caciques, quienes tenían la costumbre de pintarse el cuerpo con achiote. Su área de influencia alcanzaba hasta el Caño de las Mujeres, un brazo de agua que bordea la cabecera municipal de Plato, donde se comenzó a formar, en sus inicios, el caserío de Plato Viejo. Según la tradición oral, este lugar recibió su nombre en honor a un hijo del cacique Zárate.

La misma oralidad relata que el nombre del hijo del cacique y del asentamiento tiene relación con la fabricación artesanal de un utensilio llamado platón, elaborado en madera y utilizado para servir alimentos. Este objeto, desconocido para los españoles, despertó su curiosidad y dio origen a la denominación con la que comenzaron a referirse tanto al lugar como a sus habitantes.

En el viaje al corregimiento de Zárate me acompañó el docente Robert Blanco Polo, con quien recorrimos en su motocicleta una trocha -o carretera destapada, como suelen llamarla los habitantes cuando una vía no está pavimentada- a lo largo de un trayecto de 22 kilómetros. Luego nos dirigimos al cercano corregimiento de Aguas Vivas, donde trabajamos con miembros de ambas comunidades en torno a la tragedia ocurrida a comienzos de los años cincuenta, que culminó con la muerte de Yolanda Ramírez Campo. La investigación incluyó entrevistas a familiares y amistades, con el propósito de reconstruir los hechos desde la memoria colectiva.

LA VERSIÓN DE LA TRAGEDIA 

En Zárate nació Petrona Luna Torres, quien tuvo hijos en dos uniones distintas: Héctor, fruto de su relación con Víctor Bobadilla, y Juan Alberto, nacido de su vínculo con Alberto Almendrales. Ambos niños crecieron sin la presencia de sus padres, por lo que llevaron los apellidos de su madre, quien los crió sola como cabeza de hogar. En aquella época, cuando los hijos nacían fuera del matrimonio, era común que se les asignara el apellido materno.

Durante sus andanzas laborales en la zona, Héctor conoció en Aguas Vivas a Yolanda Ramírez Campo, una mujer de piel blanca, ojos color miel, cabello largo y negro, y de alta estatura. Ella había nacido en Plato, en el hogar formado por Antonino Ramírez Ramírez y Luisa Campo Barrios, quienes con el tiempo se trasladaron a vivir a Aguas Vivas.

Héctor y Yolanda organizaron su hogar en Zárate, donde vendían alumbre, maíz y diversos productos. Poco tiempo después de casarse, Yolanda quedó embarazada, y los malestares comenzaron a manifestarse a partir del tercer mes.

Una mañana -algunos aseguran que fue en diciembre de 1953, mientras otros afirman que ocurrió en marzo de 1954-, Yolanda decidió visitar al médico en Plato. Para ello, abordó el camión de propiedad de Manuel Canaval, conducido por Raúl Ochoa Ochoa, que casi diariamente transportaba productos agrícolas y pasajeros entre la zona rural y la cabecera municipal. “Su suegra Petrona le dijo: ‘Vea, niña Yolanda, usted no debería irse para Plato ahora, porque ese camión va repleto de maíz’. Y ella contestó: ‘No, niña Petra, yo voy así sea en las llantas’. Enseguida la reprendió: ‘¡Hombe, no diga eso!’”, comenta Aidé Luna de Ángel (1947), quien era una niña de siete años y que quedó juntos con sus hermanos cuidando la casa.

“Esa mañana, abordó el camión marca Ford 250, de color azul verdoso con una franja roja en el capote, su placa era 039 registrada en Plato. Durante la travesía por el tramo carreteable, al lado del conductor iba sentada Yolanda, y una mujer junto a la ventana del camión. Sin embargo, debido a las náuseas de la embarazada, se cambiaron de puesto como medida preventiva. En un momento inesperado, ella intentó escupir o vomitar por la ventana, esta se abrió y ella cayó boca abajo, siendo aplastada por la llanta trasera. El accidente ocurrió frente a la Finca Puerto Rico”, afirma un miembro de la familia, Pedro Luna Cortés.

El entierro de Yolanda se llevó a cabo en Plato, donde fue sepultada en el cementerio que entonces se encontraba en el parque. Sin embargo, debido al crecimiento del pueblo, dicho camposanto desapareció y los restos tuvieron que ser trasladados.

VERSIÓN MUSICAL

Héctor y Juan Alberto Luna crecieron escuchando las notas alegres del juglar Horacio Jiménez, quien recorría la zona interpretando su música y compartiendo las historias del también juglar Ángel Custodio Paso Batista (1880–1958). Este último solía recorrer la subregión cantando, y entre su repertorio se encontraba el paseo “El chupaflor”, una pieza que se ha adjudicado a José Barros, aunque en la zona se afirma que su verdadero autor fue Ángel Paso, como lo evidencia su letra de estilo antiguo.

Todo ese andamiaje musical los motivó a aprender a tocar el acordeón. Con la llegada de juglares a las fiestas de Zárate -celebradas el 13 y 14 de septiembre en honor al Santo Cristo-, acudían reconocidos acordeoneros como Luis Enrique Martínez, Pacho Rada, Santiago Vega y Alejo Durán. Al compartir con estos músicos, nació una amistad especialmente con Luis Enrique Martínez y Alejo Durán, a quienes acompañaban, ya como acordeonistas, en sus correrías musicales.

En medio de la tragedia, el impacto en la comunidad zarateña fue tan grande que Juan Alberto Luna Almendrales compuso un paseo en el que relataba el hecho ocurrido a la esposa de su hermano. Según la tradición oral, parte de la letra original que el autor interpretaba en parrandas y fiestas decía:

Cuando yo venía viajando

viajaba con mi morena

al llegar a la carretera

allí me quedé llorando.

Pero es que me duele (tres veces)

embarcarme yo

039, 039, 039 me la mató.

Se fue mi bella Yolanda

se fue para el cementerio…

En entrevista, el pintor y compositor Pedro Luna Cortés, miembro de la misma familia, relata que fue Héctor Luna Bobadilla quien le entregó el paseo “039” a Alejo Durán durante una parranda. El juglar pasero modificó el contenido original de la obra para dedicársela a Irene Rojas. De esta manera, se logró preservar una gran melodía concebida por el acordeonero zarateño, evitando que se perdiera en el olvido.

Por: Carlos Alberto Ramos

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